Quizá cuando sufrimos una adicción a la pornografía podemos llegar a preguntarnos: ¿por qué yo?, ¿por qué la pornografía?, ¿por qué desarrollar una adicción a estos contenidos, pero no a cosas más “normales” como el alcohol, el tabaco o cualquier otra sustancia…?, ¿por qué la pornografía me engancha, pero los juegos del móvil no, o no tanto?

Llevar una adicción así a hombros a veces parece más difícil que otro tipo de adicciones. No solo nos pesa la adicción como tal, con todo lo que conlleva, sino que además debemos aguantar el peso social. Lo “horrible” que sería si la gente supiese que consumo pornografía. El número de tabúes que rodean esta cuestión. Esta adicción en concreto carga con otro peso que nos dice que “nadie debe saber esto”, un peso que se vive en soledad, y que nos da la sensación de llevar una doble vida. Con los demás soy yo, el de siempre, pero los contenidos que veo durante horas hablan de alguien muy distinto. ¿Por qué?

Una trampa fácil

En gran parte, la culpa no la tenemos nosotros, por así decirlo. La pornografía tiene una serie de características que la convierten en un verdadero cebo para quien se encuentra con ella sin advertencia. Cooper realizó una investigación en 1998, y planteó el “Modelo triple A”: la pornografía online destaca por ser accesible, asequible y anónima.

Que sea accesible implica dos cosas. Primero, que tienes miles de páginas a tu disposición. Muchos testimonios de la adicción describen su entrada al mundo de la pornografía como un “paraíso con una oferta ilimitada. Con una facilidad completa, tenemos acceso a todo aquello que oferta este oscuro mundo. Segundo, implica también que no importan ni el momento del día, ni el lugar en el que estés. Podríamos decir que la adicción a la pornografía online es de las primeras adicciones que persiguen al adicto, en vez de al revés. Allá a donde vayas, llevarás contigo un dispositivo, el móvil, el ordenador… Recordatorios constantes de la sencilla accesibilidad que protagoniza nuestra adicción.

Por no mencionar también que, a nivel social, la pornografía es ampliamente aceptada. Muchas veces la publicidad y el marketing saben exactamente qué hará que prestes atención a su anuncio, a su vídeo musical o a su portada de revista. No dudan en presentar escenas que rozan lo pornográfico para conseguir más visitas, compras o beneficios. Pero para el adicto o la persona en riesgo de convertirse en uno, esto sólo dificulta salir del nudo en el que está atado.

Que sea asequible, su segunda característica, nos habla de su precio: mucha pornografía es gratis. En teoría, al menos… Porque si paramos a pensarlo nos damos cuenta de que lo que es gratis suele tener un precio del que no somos conscientes (aquí puedes saber más). Pero, en cualquier caso, no hay que pagar nada, ni andar hasta una tienda, ni si quiera hacer un mínimo esfuerzo por acceder a la pornografía. Nada. Completamente gratis.

Por último, que sea anónima constituye gran parte del problema… Es una adicción muy secreta y fácil de esconder. No tiene por qué salir de mi intimidad ni comprometerme de ningún modo… Aunque precisamente esto se vuelve en nuestra contra: podemos esconderla de los demás, pero no de nosotros mismos. Cerramos la puerta a los demás, pero se la abrimos a la soledad, a la culpa y a la comodidad. Entramos en un mundo en el que estamos solos, y las reglas sociales aquí no cuentan. Sacamos nuestro peor lado, visualizamos contenidos que nunca creímos que llegarían a nuestras pantallas.

Y, además, es este aislamiento el que luego hace que nos cueste pedir ayuda.

¿Qué dice mi adicción sobre mí?

Hay cosas de nuestra personalidad o nuestra psicología que también nos predisponen a caer en ella. Algo parecido al refrán popular “se junta el hambre con las ganas de comer”. ¿Qué son esos factores que nos llevan concretamente a la pornografía y no a otros comportamientos o sustancias?

Muchas investigaciones hablan de la función reguladora de la pornografía, es decir: la visualización y el hábito de consumir pornografía regula algo en nosotros que antes estaba alterado. Nos calma, sacia aspectos que no sabemos saciar de otra forma. Por ello, perfiles como los siguientes son más propensos a necesitar esta función reguladora: personas con tendencia al aburrimiento, propensas a sentir irritabilidad, con baja tolerancia a la frustración, con una alta búsqueda de novedad, personas impulsivas, muy ansiosas o nerviosas, al igual que con baja autoestima, o con tendencias adictivas.

También se destaca la introversión. Las personas introvertidas, con todas las cualidades típicas de esta personalidad, también tienen un gran punto débil: tienden más a la inseguridad, a cerrarse en sí mismos. Esto les lleva muchas veces a buscar respuestas por sí mismos. Buscar soluciones, diversión o placer sin contar con los demás.

No es que estos aspectos sean malos o buenos, sino que nos predisponen. Esto significa que nos crean un punto débil, en el que la pornografía encaja perfectamente. Y entonces se crea una relación cada vez más adictiva entre la pornografía, hecha a tu medida con las tres aes antes descritas, y nuestra personalidad, que busca algo que la llene y la calme.

Por ello, es importante preguntarse: ¿cuál es mi punto débil? Y ¿qué hace que la pornografía sea para mí el antídoto perfecto? Como dice el viejo refrán, «Del enemigo, el consejo», pensemos qué beneficios podemos extraer de un enemigo llamado pornografía: algún consejo sobre nuestros miedos, problemas no resueltos, vacíos, emociones mal reguladas, etc. 

 

Referencias:

https://www.youtube.com/watch?v=GXw9owfKvFg

https://www.youtube.com/watch?v=x02Kd8imWtw

Cooper, 1998, “Sexuality and the Internet: Surfing into the New Millennium” https://doi.org/10.1089/cpb.1998.1.187